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Mensaje por Connie Foster el Mar Dic 22, 2015 2:43 pm

UH, tú.
Editorial, con Roger, 2.45 P.M.
Desde que había llegado a la Universidad consideró seriamente la posibilidad de saltarse las clases e irse. Lo habría hecho sin tener remordimiento alguno, hasta que la mano fría y paliducha de uno de sus compañeros de grupo la detuvo cuando ya estaba a tres pasos de la puerta. ¿A dónde crees que vas?, le había dicho. Connie no se deshizo en excusas, simplemente le dijo que no quería estar ahí y que ya se iba a casa. Gran error. Resultaba que la chica era parte del equipo de trabajo del mismo chico que la sujetaba por el brazo —ella ni siquiera lo sabía, probablemente los habían hecho el día que falto... Es decir, ayer— y él no iba a permitirle marcharse hasta que la castaña colaborara con todo el equipo de la clase de Lengua Inglesa para que terminaran el trabajo. ¡Ella ni siquiera le había pedido que la incluyera! Y como todo era conveniente para ella, la clase era la última del día, así que tendría que quedarse toda la jornada. Resopló, frustrada. Y lanzándole una mirada de incordia al muchacho que —a la mala— había conseguido que se quedase, regresó a su asiento cruzándose de brazos bastante frustrada. Al final, ni siquiera había asistido el maestro y ella terminó haciendo gran parte del trabajo cuando los demás se rehusaron a cooperar. Le lanzó una sonrisita al chico que la había detenido, pues si creía que eso iba a afectarle, estaba muy equivocada. Se despidió de todos cuando su reloj comenzó a vibrar en su muñeca a la una de la tarde y salió de la institución a paso tranquilo directo a su trabajo.

Cuando llegó, su superior la miraba desde arriba con una expresión bastante ruda y le gruñó —¡le gruñó!— ordenándole que pasara a la editorial a recoger un paquetería de libros que había comprado la semana anterior para mantenerlos en la Nueva y mejorada colección de la Biblioteca, a la que tanto le hacían promoción. Connie esperaba que el paquete que iba a recoger no se tratara de novelas románticas y clichés, el último grito de moda en el mundo, pues si escuchaba algún comentario de alguno de esos libros, terminaría pegándole a alguien en la cabeza con Moby Dick. Y lo decía muy en serio.

Así que con un renovado suspiro, tomó su maletín, cruzándoselo por el pecho y salió de la Biblioteca, tomando una de las bicicletas de préstamo dispuestas para el pueblo. Las indicaciones eran:
1) Partir a la editorial más famosa del pueblo —y la única, quiso agregar—.
2) Llegar a las 2:45 en punto, la hora de la cita.
3) Registrarse ante el nombre del supervisor, con la secretaria de planta.
4) Buscar el señor Roger Wassesteirn.
5) Tomar los libros amablemente, agradecer y, por último y más importante,
6) pedalear con el último aliento para llegar antes de las tres diez, porque el supervisor tenía un compromiso y no podía quedarse en la biblioteca.

Y la chica lo estaba haciendo bastante bien. Ya iba en el paso cuatro. Hacía dos segundos que la secretaria le había dicho que subiera al tercer piso para esperar nuevas indicaciones. La castaña no se demoró demasiado y ya estaba subiendo en el ascensor directo a su destino cuando, al abrirse las puertas, chocó con un muchacho ligeramente más alto que ella y no mucho mayor, de frente. Connie se llevó la mano a la frente, sobándola, cuando la puntiaguda barbilla de él se había incrustado en su piel— Hmmm... Perdón—murmuró, dándole el paso y saliendo de la caja metálica. Cuando sus ojos recorrieron la estancia, sólo encontró oficinas fuera del común, música resonando de unas bocinas escondidas y escuchó risas provenientes del pasillo. Frunció el ceño. ¿Y el señor Roger? Se giró rápidamente, para pedir indicaciones— Er, hola. ¡Oye!, ¿sabes dónde puedo encontrar al señor Roger Wassesteirn?
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Mensaje por Roger D. Wasserstein el Mar Dic 29, 2015 11:50 pm

UH, tú.
Editorial, con Connie, 2.45 P.M.
Roger era una persona comprometida, responsable, un adulto respetable ¡Pero Jamie no lo entendía! Bien, de vez en cuando Roger y Caleb venían a ofrecerle unas cuantas ideas para aumentar la productividad en la oficina y ella las consideraba inútiles, las descartaba incluso antes de que ellos terminaran de hacer su presentación, una presentación increíble con graficas incluidas que ellos habían hecho con el programa de edición de la editorial y que habían impreso con material de la editorial pero oye…la editorial era de ellos, en teoría estaban usando sus propias cosas. El punto era que Jamie siempre les rechazaba la idea o las aceptaba y las ponía en su “lista de cosas por hacer”. Una lista que Caleb y él estaban seguros que no existía. Varias veces habían intentado despedirla y en cada ocasión que le pedían que firmara la renuncia ella ponía un “No” en lugar de su firma. ¿Y qué hace alguien en esas situaciones? ¡Exacto! Nadie tiene idea de lo que se hace por lo que ambos jóvenes tenían que retirarse a su oficina a intentar idear un nuevo plan. Roger quiso confrontar a Jamie, pues por muy buena que fuera en su trabajo no tenía derecho a querer echarlos a patadas de la oficina cada vez que los veía entrar ¡No los dejaba explotar su potencial! Ambos jóvenes tenían en mente una novela sobre zombies y la inspiración solo llegaba a ellos en la oficina, mientras comían el almuerzo del gerente y mandaban a la becaria por café. Jamie les estaba negando eso, los reprimía. Además ellos eran los dueños, debían estar presentes y ser partes fundamentales del trabajo. Veinte minutos se tiró hablando frente a ella, golpeando su dedo contra el escritorio y lanzando hojas al aire para marcar sus puntos. Su discurso debió conmoverla, le hizo ver sus errores tan claramente que ella terminó aceptando que él tenía derecho a formar parte del trabajo de aquel lugar, de ser ‘Una parte fundamental’ justo como él  había dicho. Y por eso le asignó una tarea.

¡Una tarea!

¡Lo puso a esperar! Bendita mujer a la que no podía decirle sus cosas porque simplemente le daba miedo. Roger esperó en su oficina después de leer las instrucciones que le habían dejado

Entrega la caja de libros nuevos.
Solo tienes que hacer una cosa, Roger. Solo una.


Durante 20 minutos estuvo mirando aquella nota, decidiendo si la reiteración en ella significaba un insulto para él o solo era algo que Jamie hacía para asegurarse que cubría todas las posibilidades. Después se dedicó a alternar su vista del reloj de pared hasta su celular (aunque su celular, claramente también daba la hora pero el joven no deseaba salirse de su juego) durante otros minutos. Entre el poco respeto que tenía por su oficina y la posibilidad de caer en el abismo del aburrimiento llegó a subirse al escritorio a opacar la voz de Alex Turner mientras ‘Arabella’ sonaba en las bocinas que su primo y él habían instalado en la oficina.  A esa canción le siguió otra y otra y otra hasta que los pies de Roger volvieron a pisar la alfombra del lugar y se encaminó hacia el elevador para bajar hasta la oficina de Jamie y decirle que no iba  a esperar por nadie a menos que le trajeran un micrófono de verdad porque entre tanto sentimiento a la canción casi se había engrapado el labio y además ella la única que se estaba perdiendo de la diversión porque cuando ellos estaban por ahí, ella prefería cambiarse de piso. ¡Que aburrida! Incluso la becaria parecía tener cierto gusto por Arctic Monekys, Georgia había estado bailando en su lugar de trabajo hasta que Roger la descubrió y la pobre se volvió de 10 colores distintos de rojo y se sentó a fingir que tecleaba algo y Caleb, que había estado trabajando en la novela de zombies, se le había unido en las canciones pero él sobre otro escritorio y fingiendo que era un experto con la guitarra. Era hora de traer a Jamie a la oficina o que él se fuera a vivir la vida en lugar de esperar ahí a que alguien viniera por la caja. Desafortunadamente el baile sobre el escritorio lo había dejado exhausto y cuando llegó al pasillo se dio cuenta de lo cansado que estaba por lo que regresó y se tiró sobre uno de los sillones de espera, llamando a gritos a su primo. Después de prometer darle 20 dólares para que se comprara unos dulces, Caleb aceptó a ir por Jamie a la planta de abajo (donde casualmente también estaba la mejor máquina expendedora, no es que el joven Young fuera alguien que hiciera favores y menos por la cantidad de 20 dólares).

El ritmo no abandonaba a Roger nunca, y aun cuando estaba recostado en uno de los sillones, sus manos seguían golpeando el aire como si tuviera baquetas y frente a él hubiera una batería. El ritmo no lo abandonaba excepto cuando niñas llegaban a gritar preguntas a la mitad de ‘R U Mine?’. Bajó sus baquetas y le hizo señas a Georgia para que bajara el volumen de la música. —Hija mía, o eres tonta o necesitas lentes— Roger se puso de pie y se acomodó la chamarra de piel que traía puesta— Yo soy Roger Wasserstein—casi le guiña el ojo, casi se porta caballeroso (aún no había notado que le había llamado tonta) hasta que vio aquellas facciones formar pliegues en su rostro cuando una risa comenzaba a formarse dentro de ella y la indignación dentro del joven. —¿Te parece gracioso? — ahí estaba de nuevo esa mirada de superioridad. El muchacho se cruzó de brazos y se preparó para llamar a seguridad y que sacaran a aquella irrespetuosa de una patada, por la ventana si así era más rápido. —Y a todo esto, ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a entregar el almuerzo? Hoy pedimos comida China e Hindú ¿Cuál traes tú? —

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