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Bitter Sweet Symphony [Grace T. Shelby]

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Bitter Sweet Symphony [Grace T. Shelby]

Mensaje por Glenn C. Holmberg el Mar Dic 22, 2015 2:40 pm

Bitter Sweet Symphony
Banco del parque | Con Grace T. Shelby | Martes, 12.00h  | Ropa
Cuando se afirma que el ser humano es un ser sociable por naturaleza es que en ese concepto de ser humano no entra Glenn algo que, a ojos de cualquiera, puede suponer un insulto. Pero no para él. Él era un ermitaño que vivía en una cabaña hecha de troncos, cartones, periódicos y algún que otro pedazo de material desconocido para el hombre. Él vivía al margen de las convenciones sociales. Él vivía al margen de la sociedad y de esos individuos que la forman y sus copias en miniatura que babean, lloran, gritan, comen y cagan. Algo que, comúnmente, la gente suele llamar hijos.

Al menos, eso era lo que era para todos los habitantes del pueblo. El indigente que se movía por el pueblo y las zonas cercanas al parque central predicando sobre lo que había desayunado aquel día y, como no solía desayunar, acababa predicando sobre lo primero que pasaba por su cabeza. Teniendo en cuenta lo dañado que su cerebro había quedado a causa de las drogas y su inestabilidad mental actual, esas cosas jamás eran buenas. Podían llegar a escandalizar a cualquiera de los ciudadanos pero también podían llegar a llamar la atención de cualquiera de ellos.

Y ahí es donde entraba en escena ella. Era profesora en StoryBrooke, le gustaba el café, le agradaban los niños y, lo más importante, no le importaba perder su tiempo hablando con él. Glenn consideraba a aquella mujer una especie de… ¿Amiga? Quizá esa era la palabra adecuada pero no era algo que frecuentase a entrar en su vocabulario. La amistad era algo efímero, como todo en la vida a los ojos de alguien que disfrutaba y vivía el momento como si fuese el último. Para alguien que respiraba como si cada suspiro fuese el último. Pues, en una vida donde hasta la felicidad es efímera, él no quería perder ningún momento.

Aquel día era martes. Y como cada martes ella llegaría. Una sonrisa inconsciente se dibujó en el rostro del hombre mientras jugaba con un pedazo de tela entre sus dedos, moldeando el suave tejido y dejando que volviese a convertirse en un simple trozo de tela en cuanto sus dedos perdían el contacto con su superficie.

Era feliz. Feliz porque aquel día tenía compañía. Tendía a ahuyentar a las personas y ser tachado de asocial, pero no era así. A fin de cuentas… Él también era un ser sociable por mucho que aquello fuese imposible de concebir para los demás. ¿Acaso su apariencia le limitaba tanto a la hora de poder entablar una conversación? Así era. Las apariencias son un factor de vital importancia en toda relación social, incluso se consideran una habilidad social y, estaba claro, que Glenn caría de ella. Pero a Grace aquello no le importaba. No le importaba que sus pantalones estuviesen raidos desde el comienzo hasta el elástico. No le importaba que su camisa tuviese algún que otro rojo y que su abrigo fuese cinco tallas más grandes de lo que debería. No le importaba su pelo largo y enmarañado, ni su barba descuidada con más de tres días (y tres meses) sin contacto con una hoja de afeitar.

Ella era diferente en un pueblo donde todos parecían ser cortados por el mismo patrón. Y por eso, podía hablar con ella una vez por semana. Por eso se esmeraba no sólo en escuchar, sino en abrirse y contar todo lo que su mente decidía que ya no quería albergar en silencio por más tiempo. A fin de cuentas, aquello era la amistad. Incluso para él.

Se dejó caer sobre uno de los bancos de la zona quedando apartado de los niños que jugaban en los columpios. Se colocó las gafas de sol sin uno de los cristales sobre el puente de la nariz y bajó la capucha de su abrigo de plumas, mostrando aquella melena castaña tan característica. Miró hacia el suelo, clavó sus ojos en el suelo. Pues había algo ahí que llamaba su atención. Una moneda. Pero no se movió a cogerla. Tan sólo pensó los posibles usos que podría darle a esa maravillosa moneda. Y ese fue su entretenimiento durante los minutos siguientes a que su compañía apareciese. Mirar una moneda. Tan solo una moneda. Una simple moneda.
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Re: Bitter Sweet Symphony [Grace T. Shelby]

Mensaje por Grace T. Shelby el Miér Dic 23, 2015 8:54 am

Bitter Sweet Symphony
Banco del parque | Con Glenn | Martes, 12.00h

Martes y su horario, como venía siendo habitual, le permitía tomarse parte de la mañana libre, cosa que compensaba quedándose hasta medio día durante gran parte de la semana. También, como venía siendo habitual, acudía al parque donde esperaba encontrarse con Glenn, un indigente al que había conocido un invierno y que le parecía fascinante. Además, Phil había hecho buenas migas con los perros del hombre y si su can se fiaba de él, ella también. De buena gana, Grace se había encargado de que a Glenn no le faltasen mantas durante el invierno, aunque dudaba que acabase por utilizarlas todas. Pero no se trataba de caridad, simplemente era algo que le nacía, como quien cuida de un amigo cuando está enfermo, como quien desinteresadamente y solo porque le sale, hace algo por los demás. Para algunos era difícil de entender, por triste que fuese eso. Eran esos individuos de mollera dura los que sí que le daban pena, no Glenn.

Apuró el paso, pues aquel día se había dejado la bici en casa, y llegó tan pronto como pudo al parque donde se encontró a un hombre distraído, cuyo pelo y barba eran más que reconocibles. —Buenos días, Glenn.—se sentó a su lado, sin hacerle ascos. —Si estás ocupado puedo volver en otro momento.—murmuró, sin borrar la sonrisa. O también podía quedarse allí en silencio, que no le molestaba. De su bolso sacó un par de vasos de plástico y su ya indispensable termo de café, sirviéndole uno a él y otro para ella. Después, abrió un tupper con galletas y lo dejó en medio de ambos. —Me las ha traído una alumna, pero no voy a poder acabármelas sola.—además, a él le hacían más falta que a ella.

¿Cómo están los apóstoles?—partió una de las galletas y se llevó, uno tras otro, los trocitos al buche. No estaban mal, aunque probablemente no hubiese sido su alumna, si no su madre, la que las habría hecho. —Creo que Phil los echa de menos.—su pobre compañero no tenía muchos animales con los que relacionarse en el barrio, así que al poco que coincidía con alguno se emocionaba. Grace sabía que se emocionaba. —¿Y tú? ¿Cómo vas? ¡Ay! Me tienes que acabar de contar lo del otro día.—desafortunadamente, la profesora había tenido que atender una llamada y se había quedado a mitad de una de las historias de Glenn y claro, quería saber el final.
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Re: Bitter Sweet Symphony [Grace T. Shelby]

Mensaje por Glenn C. Holmberg el Dom Dic 27, 2015 7:05 am

Bitter Sweet Symphony
Banco del parque | Con Grace T. Shelby | Martes, 12.00h  | Ropa
La moneda no se movió. Por mucho que sus ojos se centraban en ella no produjo movimiento alguno. Ni siquiera vibró. Tampoco giró sobre sí misma. Ni mucho menos se elevó un palmo del suelo para tomar el destino que los ojos de Glenn le indicasen. Era una simple moneda. Y él un simple mortal sin la capacidad de controlar el movimiento de los objetos por muy enviado de Dios que se creyese en ocasiones. Especialmente a primera hora de la mañana cuando tenía los ojos completamente pegados y no sabía ni donde estaba del sueño tan profundo que había tenido.

Una voz femenina le sacó de su particular ensimismamiento. Y es que la facilidad del hombre para perderse en sus propios pensamientos lo tenía límite alguno. Podía mantener una conversación al tiempo que recordaba vivencias pasadas sin inmutarse lo más mínimo. A pesar del daño que había ido sufriendo su cuerpo – y por ende su cerebro – con el paso de los años, su capacidad de imaginar era algo que seguía intacto. Quizá era lo único acompañado de su peculiar manera de relacionarse con los demás. – Oh, Gracie. – Una amable sonrisa se dibujó en sus labios abandonando la visión de la moneda en el suelo para centrarse en su nueva acompañante. - ¿Molestar? Por favor, tú nunca molestas. ¿Acaso crees que tendría algo mejor que hacer un martes al medio día que conversar contigo? – Y todo aquello era cierto. Indiferente del día en el que se encontrase. Nunca tenía mucho que hacer. Salvo los jueves al medio día, pues frecuentaba el local de su padre con el fin de lograr que el máximo número de clientes se horrorizase y saliese de la cafetería sin haber probado bocado.

Tomó el vaso de plástico entre sus  manos, notando rápidamente como el calor comenzaba a pasar a través de su piel. Tenía que admitir que no estaba siendo un invierno frío y que las temperaturas acompañaban a los días sin impedir a los ciudadanos abandonar sus hogares y la calefacción de estas. Para alguien sin hogar, o más bien, sin calefacción, era algo que se debía agradecer. – Entonces le haré el honor a tu buena alumna. – Tomó una galleta y la mojó en el café, llevándosela rápidamente a la boca y acabando con esta en un abrir y cerrar de ojos. No era propenso a aceptar comida de los demás. No por desconfianza, sino porque él no consideraba que necesitase la ayuda de los demás, no necesitaba su misericordia por pena. Por eso la manera en la que Grace ofreció las galletas hizo que no se sintiese mal. Que no dudase a la hora de tomar la galleta. O más bien, de seguir tomando galletas por el resto de la conversación. Pues, si lo pensaba seriamente, hacía varios días que no tomaba nada caliente y mucho menos una comida como tal que no se resumiese a sobras de algún local cercano.

Dio un sorbo al café lo más rápido que pudo con el fin de vaciar su boca para poder hablar. Era de ese tipo de personas que siempre necesitan hablar y que, cuando les preguntan, esa necesidad aumenta incluso más en caso de ser posible. – Están bien, aunque Santiago y Tomás no dejan de escaparse y vuelven cada noche cubiertos de barro. Quizá están desenterrando tesoros. Debería seguirlos un día y ver qué hacen. – Tenía doce perros. Exactamente doce. Aunque había que decir que uno de ellos no se movía lo más mínimo, ni ladraba, ni comía. Quizá tenía algo que ver con que fuese de porcelana y no de carne y hueso como los demás. – Ellos también lo echan de menos. – Dio un corto trago al café.  – Especialmente Mateo. Siempre mueve el rabo más de lo normal cuando ve a Phill y últimamente le veo más decaído. – Y algún día Glenn descubriría que Mateo era una hembra y no un macho. Pero aquel no era ese día.

- ¡Perfectamente! – Cogió una galleta y la partió por la mitad, tragando primero el primer trozo y dejando el segundo sobre el resto de galletas. – Ha sido una semana de lo más ajetreada. Ya sabes, trabajo los fines de semana y durante toda la semana estuve preparando la función para los niños. ¡Tenías que ver sus caras! – Ella mejor que nadie sabía lo que era ver emocionado a un niño. Y Glenn disfrutaba preparando las pequeñas obras de marionetas para los más pequeños del pueblo. Era quizá lo único en lo que no era aquel extraño indigente del que todos huyen por si le da por estirar la mano y llevarse la cartera ajena. - ¿Y tú qué tal? ¿Mucho trabajo?

- ¡Ah, la historia! – Sus ojos se iluminaron como los de los mismos niños de los que apenas un minuto atrás estaba hablando.- ¿Por dónde nos quedamos? – Tomó la otra mitad de la galleta y, como si fuese un soplo de aire fresco, rápidamente recordó de qué se trataba. Le había estado contando a Grace una de sus múltiples discusiones con su padre. Pero esta discusión había tenido algo en particular que la hacía diferente del resto y es que, tras esta, Glenn había intentando prenderle fuego al local de su padre. Con clientes dentro, claro. – Te conté que tras discutir con él cogí dos piedras, ¿Verdad? – Partió una nueva galleta y reconstruyó los hechos en su mente. – Bueno, pues lo de golpear dos piedras para que salga fuego no es tan efectivo como lo pintan. Así que luego probé con los palos. Pero nunca entendí cómo lo hacían en las películas y acabé usando la freidora del local y el aceite ya hizo el resto. – Carraspeó tomando el siguiente cacho, sin borrar la sonrisa del rostro. – No tardaron en sonar las alarmas. ¡No sabía yo que mi padre había colocado alarmas en el local! Si lo hubiese sabido… Oh, y las cámaras de seguridad. Si lo hubiese sabido al menos me hubiese tapado la cara, porque en aquella época no tenía el pelo tan largo y le hubiese costado reconocerme. Bueno, como iba diciendo, la cocina comenzó a arder. Los clientes estaban cercan, los trabajadores en sus puestos… He de admitir que no fue muy inteligente por mi parte intentar prenderle fuego al local cuando había tantas posibilidades de que lo apagasen en cinco minutos. Pero al menos quedó una marca negra en la pared que no pudieron quitar. No hicieron falta de ni los bomberos, tan sólo mi padre con un enorme cubo de agua. – Tomó un trago del café para recuperar el aliento. – Luego mi padre juró y perjuró que yo no era hijo suyo, que en el hospital habían hecho algún cambio y me tachó de la herencia. Creo que se lo dejó todo a alguno de mis hermanos, aunque conociéndole quizá no ha hecho herencia y se entierra a sí mismo con su supuesta fortuna, como si fuese uno de esos faraones de la época de los egipcios. – Un nuevo trago al café. - ¿Sabes? Cuando era niño quería estudiar arqueología, siempre me gustaron las momias, los dibujos de pájaros, ojos y hombres.

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